Reflexiones desde un bodegón
Papas Fritas o el arte 
de la sencillez

Por Aldo Barberis Rusca

Dicen los que saben que para conocer la cocina de un restaurante hay que pedir papas fritas; que la verdadera dimensión de la sabiduría de un cocinero la da la calidad de las papas fritas que produce.

Hasta hace unos años esta era una prueba de sencilla comprobación. Bastaba entrar a un local de comidas, sentarse a la mesa y, cuando el mozo se acercaba, solicitarle ya sea una porción de papas fritas (o simplemente unas fritas) o bien una milanesa, o bife, o hamburguesa con su correspondiente guarnición de fritas.

Si tomamos como cierta la aseveración del principio, hoy es prácticamente imposible verificar la calidad de una cocina ya que son cada vez menos los restaurantes donde sirven la tradicional especialidad gastronómica (en nuestro bodegón aún se hacen y muy buenas, por cierto) y donde las hacen, en las parrillas por ejemplo, cometen el sacrilegio de servir las congeladas tal como lo hacen en los salones de comidas rápidas.

Las papas fritas conocieron épocas de inmensa gloria y fueron un icono de la cocina tradicional porteña acompañando al clásico, y hoy en vías de extinción, bife de chorizo y junto a sus insustituibles compañeros: los huevos fritos.

Este trío tan mentado fue la base de la alimentación porteña, y de buena parte de la Argentina, y generó un léxico propio, signo indiscutible de la raigambre popular lograda: el bife o las papas acompañados de un par de huevos fritos era "a caballo" en tanto que el trío en su totalidad era un "bife completo".

Cuando yo era pibe mi ilusión era que algún día me dejaran pedir un bife completo ya que para mi vieja era o demasiado grande o demasiado "pesado" para un chico.

Para mí las papas fritas eran las "bastón", esas bien gruesas de casi un centímetro de lado y que, si bien no eran muy crocantes, eran las ideales para mojar en el huevo; pero "los grandes" siempre pedían "papas pay" (que se escriben paille) bien finitas y tan crocantes que resultaban imposibles de pinchar por que se rompían todas. Entre ambas estaban las fritas comunes, que son las únicas que se consiguen hoy en día, que son mas crocantes que las bastón pero se pueden pinchar.

Una categoría especial dentro del universo de las papas fritas son las papas soufflé, que solamente se consiguen en "El Palacio de la Papa Frita", tradicional establecimiento gastronómico en cuyos dos locales, uno en Lavalle y otro en Corrientes, sirven unas poderosas fuentes de papas infladitas, como pequeños globitos crujientes, cuyos secreto consiste en una doble fritura, una con aceite caliente y otra muy caliente.

Dicen que las papas fritas, la paella y alguna que otra cuestión, no son cosas que habitualmente nos hagan en casa. Y sin embargo, contrariamente a la paella, las fritas resultan ser la quintaesencia de la sencillez.

Si lo analizamos detenidamente, nada hay que se pueda hacer con papa y aceite mas que papas fritas.

Cuando contamos con una gran cantidad de ingredientes y tenemos la posibilidad de combinarlos y procesarlos de la forma que queramos, la decisión acerca de que hacer para comer se torna en un ejercicio que irremediablemente nos deposita en las áridas playas del desaliento.

Tomar una decisión cuando tenemos tantas buenas como malas razones para ir en uno u otro sentido es prácticamente imposible y tomar una opción entre tantas otras resulta artificial y amañado a catalizadores no siempre valederos.

Una decisión sólo es posible no cuando se han reducido las opciones a unas pocas; sino cuando el problema en cuestión se ha simplificado tanto que la solución cae sola en su implacable sencillez.

Días pasados veía por TV una cantante de tango que se esforzaba por ser convincente, por trasmitir todo el dramatismo que, según ella, se desprendía de la letra de la canción. Y el esfuerzo la estaba dejando exhausta.

Se veía que la artista estaba echando mano a todo su arsenal interpretativo, sacando gestos, ademanes y entonaciones aprendidos o quizás adquiridos a lo largo de su vida profesional con el objeto de trasmitir algo, un sentimiento, una emoción. Pero, entre todo su bagaje, no encontraba aquello que quería expresar, y entre tanto revolver se olvidaba de cantar.

Casi paralelamente Mercedes Sosa se sentó nuevamente, después de una larga ausencia, en el gran escenario de Cosquín; y cantó.

Cantó como cantan los grillos, o como cantan los pájaros: por que es lo que se debe hacer, por que no queda ninguna duda. Y cuando se canta así, se canta sencillamente y sencillamente, se canta.

La Negra ya sabe que tiene una voz privilegiada, ya sabe que puede cantar con Ariel Ramírez o con Charly García, ya sabe que puede cantar en el patio de su casa o en el Carnegie Hall. Ya cantó Bossa Nova y Rock and Roll y Tango y todo lo que se pueda cantar. Y ha vuelto a su casa.

Ha vuelto a la sencillez de los primeros tiempos en Tucumán o en Salta, a las noches de peña con el Cuchi Leguizamón y el Chivo Castilla en el boliche Valderrama, cuando era un sencillo boliche salteño.

"Soy solo el rumor del río entre las peñitas" canta La Negra y define, sin dejar dudas, la esencia misma del canto y de la vida. Llegar a la sencillez del agua que corre, del suspiro del viento entre las hojas, del aroma de la cocina de nuestra casa es encontrar la verdad por sobre la sofisticación y la banalidad.

Hoy, una porción de fritas o una vieja cantante sentada sola sobre un enorme escenario nos recuerdan que la verdad, que la realidad no puede ser tan complicada, que nos hemos cargado la vida de complicaciones que nos paralizan y que debemos retornar a la sencillez en todos lo aspectos.

Sobre todo debemos dejar de confundir lo complejo con lo complicado. La realidad es compleja, multiforme, facetada. Pero intentar armonizar la complejidad es ya un camino hacia la sencillez. Aquellos que contrariamente pretenden complicar lo complejo son quienes quieren erigirse en exegetas de la realidad, en dueños de un secreto que no existe y en dirigentes que nos conducen al vacío.

Es sencillo; todos tenemos derecho a existir, todos tenemos derecho a pensar, a creer, a gozar de la tierra y el aire, a tener un lugar donde vivir en paz, a ser felices. Pero es tan complejo que Los Profetas del Odio (gracias don Arturo), haciéndonos creer que la sencillez es idiotez, toman en sus ineptas manos nuestros destinos y nos llevan a conflictos que no queremos ni merecemos.

El caso de las papeleras del río Uruguay nos presenta un excelente ejemplo. Pese a la complejidad del asunto la decisión a tomar debe ser simple: no debe haber conflicto.

Pero los dirigentes de ambos países están jugando a ver quien la tiene más grande y nos quieren hacer creer que ese es nuestro juego.

La sencillez, la inocencia, no es algo que se posea, es algo que se recupera constantemente. Y este es el momento de recuperarlas para nosotros, argentinos y uruguayos, unidos por el asado, el mate, las voces de Mercedes Sosa y Alfredo Zitarrosa y, sobre todo, por José Gervasio de Artigas, que nunca quiso vernos separados.





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