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Por Fernando Casasco
El escenario no podía ser casual,
ni su elección inocente. Mucho menos quienes convocaban a semejante
ágape. El jefe de gobierno porteño Mauricio Macri fue el único
orador del almuerzo organizado por la Fundación Mediterránea el
pasado jueves 29 de mayo en el lujoso Hotel Alvear.
El hotel ubicado en la Recoleta
fue inaugurado en 1932, cuando la élite argentina todavía tiraba
"manteca al techo". En los años ’90 el Alvear fue
símbolo de lujo, de ostentación y de rosca política. Su dueño
por ese entonces era el amigo de Carlos Menem Mario Falak. El propio
ex presidente tenía una suite reservada sólo para él en el Alvear,
y el secretario privado del riojano, Ramón Hernández, pernoctaba
casi a diario en el lujoso hotel.
La Fundación Mediterránea tiene
una historia menos extensa, pero no menos interesante. Nació en la
provincia de Córdoba, en plena dictadura militar. El mayor aporte
económico siempre provino de la trasnacional alimenticia surgida de
la provincia serrana: Arcor. Ese think-tank liberal vio aumentar su
prestigio y poder cuando Domingo Cavallo, un "brillante"
economista surgido de sus filas, llegó a la presidencia del Banco
Central en los años de plomo. Con la estatización de la deuda
privada operada por el cordobés, la Mediterránea creció aún
más, incorporando como clientes a grandes empresas de la Capital
Federal y multinacionales. Esa alianza de intereses se vio
recompensada en los ’90 con el menemismo y las privatizaciones
encabezadas otra vez por el inefable Cavallo.
En ese escenario paradigmático, y
convocado por tan significativa institución, Macri peroró durante
un rato largo en lo que pareció un sigiloso y virtual lanzamiento
de su proyecto político a nivel nacional. En las mesas del Hotel
Alvear hubo más de cien invitados, entre los que se destacaban
directivos de importantes grupos empresarios nacionales como Acindar,
Arcor, Banco Hipotecario, Dupont, Sancor, Mastellone, Molinos Río
de la Plata y Georgalos, además de representantes de las embajadas
de Francia y de Gran Bretaña en la Argentina.
Macri intentó centrarse en su
gestión al frente de la ciudad de Buenos Aires y explicó ante el
auditorio el nuevo slogan de su administración: "Hacer una
ciudad vivible, con educación, trabajo e inclusión social".
Pero, tironeado por la concurrencia, debió dejar algunas
impresiones sobre política nacional. Respecto al gobierno de
Cristina Kirchner, repitió que "los problemas que tienen
perjudican a la Ciudad". En referencia al conflicto con los
productores rurales, Macri se animó a reclamar "que el
peronismo reaccione" y "retome su tradición productivista".
Su exposición ante empresarios
ocurrió pocos días después de que el jefe de gobierno llamara a
una conferencia de prensa para reclamar que el gobierno nacional y
las entidades representativas del campo dialoguen. "Si ayuda,
voy a servir el café de la mesa de diálogo", bromeó.
Macri intentó meterse así en una
puja en la que ya se habían involucrado otros jefes de importantes
distritos provinciales como el cordobés Juan Schiaretti y el
santafesino Hermes Binner. Pero mientras que estos tienen directos
intereses en la crisis debido al carácter preeminente del agro en
sus economías, en nuestra querida ciudad de Buenos Aires los
vecinos a lo sumo pueden plantar unos tomates en el fondo de sus
casas. Es por eso que los observadores vieron el gesto del jefe de
gobierno como una jugada de otra partida: la de la instalación de
su figura como referente de la oposición de cara a las elecciones
de 2009 y 2011.
La rosca de abajo
Pero todo dirigente político que
se precie debe tener por debajo suyo una estructura lo
suficientemente sólida como para sustentar sus ansias de liderazgo.
Y en ese sentido ya comenzaron a trabajar los macristas. Así fue
como en los últimos días de mayo el presidente de Recrear Capital,
Carlos Araujo, convocó a dirigentes políticos de centro-derecha
para analizar la situación nacional y comenzar a trabajar en el
armado del PRO a nivel país.
Además del lopezmurphysta Araujo,
participaron de la reunión el jefe de Gabinete Horacio Rodríguez
Larreta y José Torello (PRO Capital), los diputados de la Ciudad
Martín Borrelli (Partido Federal), Oscar Moscariello (Partido
Demócrata Progresista), Diego Santilli y Cristian Ritondo
(Propuesta Peronista), como también Gustavo Forgione (Partido
Federal), Emilio Hardoy, Juan Carlos Lynch y Federico Young (Partido
Demócrata).
Además de renovar el reclamo de
diálogo entre el gobierno nacional y el campo, los asistentes a la
reunión también hablaron de construcción política. Allí se
analizó la necesidad de salir a caminar el país, para no
circunscribir el armado de centro-derecha a la ciudad de Buenos
Aires. Y de entablar diálogo con potenciales aliados. El abanico es
amplio: peronistas no incluidos en el relanzado PJ kirchnerista;
radicales que no comulgan ni con el oficialismo ni con las actuales
autoridades del centenario partido; fuerzas menores y partidos
provinciales; sectores independientes.
A nadie se le escapa la coyuntura
en la que surge este renovado interés del macrismo por la política
nacional. Las encuestas demuestran un marcado descenso en la
popularidad de la presidenta Cristina Kirchner. En la ciudad de
Buenos Aires la jefa de estado posee – según datos de la
consultora Poliarquía – sólo un 22% de imagen positiva. Más
allá de preocupaciones diarias como la inflación, el desgaste se
hizo palpable a partir del manejo de la crisis con el campo.
Los dirigentes del PRO se
ilusionan con la posibilidad de sumar el descontento de la clase
media urbana con la fuerza aguerrida demostrada por los productores
rurales en los piquetes en las rutas, lo que podría dar como
resultado un cambio de hegemonía a nivel nacional. Claro que en
política, como ha quedado demostrado en numerosas oportunidades,
dos mas dos no suele sumar cuatro.
Además Macri debe atisbar la
cuestión nacional pero sin descuidar ni por un segundo lo que
pretende que sea la piedra fundamental de su crecimiento político:
su mentada capacidad de gestión en la ciudad. En los últimos días
algunas noticias ponen seriamente en duda dicha premisa. Según
datos que el propio Ejecutivo giró a la Legislatura, en los
primeros tres meses del año el Ministerio de Desarrollo Urbano,
encargado de las obras públicas, gastó sólo el 2,5% del
presupuesto anual.
El ex jefe de gobierno y actual
legislador Aníbal Ibarra no tardó en criticar a su sucesor: "Macri
prometió eficiencia, eficacia y rapidez para gobernar y ejecutó
sólo el 2,5% para obras", destacó. Los funcionarios del
Gobierno de la Ciudad alegaron que las demoras en la ejecución del
presupuesto se deben a que la primera etapa fue la de normalización
del funcionamiento del Estado. Pero la luz de alerta quedó
encendida. Más allá de los números, cientos de alumnos que con
los primeros fríos salieron a protestar con frazadas por el frío
que pasan en sus escuelas demuestran que hay problemas graves para
solucionar. Y no hay tiempo para demorarse, sobre todo si se quiere
demostrar lo "exitoso" de la gestión.
Por lo demás Macri podrá dar
discursos ante distinguidos auditorios, reclamar que los demás
dialoguen, ilusionarse con un armado nacional y hasta con una futura
candidatura a la Presidencia. Pero antes de todo eso deberá
comenzar a saldar las muchas deudas que tiene con la ciudadanía
porteña. Y no olvidarse que ese pueblo fue el que lo votó para que
cumpla sus promesas. No en el 2011: ahora.
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