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Era una vieja casona, que usábamos en el verano y los fines de semana, construída seguramente a principios de siglo o fines del siglo pasado, época en que la compraron mis abuelos, Rosa y José Curci. No sé si la hicieron ellos o estaba ya construída, tenía 10 piezas que daban a un gran patio central techado y un sótano del mismo tamaño que la casa, en donde se almacenaban, además de las cosas inservibles, todo lo que era despensa y como periódicamente se faenaban cerdos: la fatura que de ellos se sacaba: jamones, sopresata, chorizos, etc. También quedaba allí la cocina y las habitaciones de servicio con su respectivo baño.
Tengo entendido que a principios de siglo el tren llegaba hasta Villa Urquiza y la familia que se instalaba generalmente en el verano, cuando llegaba alguien a visitarlos tenía que mandar un "Breque" (carruaje ligero de cuatro ruedas con pescante y dos asientos laterales, uno frente al otro) a buscarlos hasta V.Urquiza.
La casa daba al frente sobre la calle Cabezón, el lateral era Zamudio y la parte de atrás era Obispo San Alberto, sobre esta había 2 casas destinadas a los cuidadores. Tenía canchas de bochas y una de tenis, en el terreno una importante glorieta encaramada sobre una gran pérgola bajo cuya sombra se tendían las mesas en los veranos, en los que mi abuelo José Curci invitaba a sus obreros solteros, generalmente italianos como él, a almorzar los domingos. Mi abuela Rosa se encargaba desde el sábado (acompañada por un séquito de gente) de hacer los ravioles, generalmente de verduras (que se producían en el mismo lugar), podrían también ser con ricota o de ricota sola, producto también del lugar pues había un par de vacas lecheras con sus correspondientes terneros. En el terreno había un gran gallinero y los tomates con los que se preparaban las salsas eran productos del mismo lugar y los había durante todo el año ya que en temporada de cosecha se los envasaba en botellas de sidra (por el espesor del vidrio), encorchadas, lacradas y hervidas para prolongar su duración. Las frutas eran del mismo lugar (duraznos, ciruelas, melones, higos, damascos, etc).
La casa se llamaba "Villa Rosa" y estaba en altura para que el gran sótano tuviera ventilación, lo mismo que las habitaciones de servicio. Tenía una escalera central para ingresar y estaba rodeada de una gran galeria, pero su exterior no era fastuoso ya que sus paredes eran de grandes ladrillos grises y su techo a dos aguas era de chapa. El patio central estaba cubierto de vidrios. Las habitaciones daban a ese patio pero también tenían puertas hacia la galería ya que no se estilaban demasiado las ventanas sino las puertas vidriadas con postigos para evitar la luz. Tenía sala de música y sala de juegos (con billar) y distintas salitas pintadas de diversos colores (que recibían el nombre de acuerdo al color). El comedor estaba en el patio techado por vidrio y su mesa tenía capacidad para 24 comensales.
El terreno estaba rodeado por un muro no demasiado alto y sobre él una verja en la que se columpiaban las campanillas.
Era una zona interesante pero no tenía una gran valoración económica, prueba de ello es que mi abuelo José Curci, en la década del 10 al 20, le regaló a su primo Serafín Iapichino, servidor en su establecimiento industrial 2 lotes sobre la calle Cabezón, cerca de la Av de los Constituyentes, con 10.000 ladrillos (así era la venta). Sobre uno de los terrenos construyeron su casa "La María Luisa" que lograron terminarla vendiendo el terreno paralelo. Seguramente las zonas más importantes para quintas fueran Belgrano y Flores, que tienen mayor proyección y era de más alto valor económico para esa época. Hoy estamos más globalizados y toda la Capital Federal tiene una significativa valoración.
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