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Director Propietario & Editor Responsable

Ignacio Di Toma Mues


Octubre 2006
Año V | Edición N° 51

Estación Villa Pueyrredón

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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON

Tapa de Periódico Octubre 2006

Edicion Octubre 2006


Una esperanza de fin de semana

Del taller a la feria

Por Wanda Cecilia Galdi

En los primeros años setentistas crearon un nuevo espacio, con el pensamiento puesto en el hombre nuevo. Así, las ferias de artesanos tiñeron de creatividad, movimiento y color, a una Buenos Aires a la que le costaba la diversidad y la aceptación de modos de vida distintos al de la sociedad de consumo de entonces…

Micromundos de pelo largo (en esos años había que atreverse a llevarlo) y de medallones colgantes, de zuecos y zapatillas, de ropa desteñida, paz y amor, instalaban en la Plaza San Martín frente al Círculo Militar, y en la llamada Plaza Francia (en realidad Plaza Intendente Alvear), una posibilidad de cambio.

Pero en esos bastiones de la elite porteña, la presencia de las ferias artesanales en las plazas de la Buenos Aires más aristocrática, comenzó a molestar.

Un ciclón sobrevino sobre los toldos de los puestos y el viento arrasador de la represión cultural instaurada por el último gobierno militar en 1976, demolió también estos espacios. Así quedó sólo un lugar reservado a ellas en una plaza seca, gris, donde se respiraba smog, alejada del centro y fácilmente controlable: Plaza Italia. Allí, los artesanos feriantes, entre caños, tablones y lonas pudieron entonces sostener un sector de la cultura urbana popular a través de un modo peculiar de producción y circulación, expuesta sobre los faldones coloridos de los puestos.

Claro que las ferias no eran de artesanías, sino de artesanos que vivían del producto de su trabajo, que producían íntegramente las piezas y que buscaban interiorizarse y aplicar toda clase de nuevas técnicas a la ya conocidas.

Esta distinción entre ferias de artesanías y ferias de artesanos, resulta de la misma que existe entre una actividad exclusivamente comercial y otra cultural, es decir, entre aquellos que venden artesanías que han comprado y aquellos que venden artesanías que han ideado y creado. No es menor pensar así a las ferias de artesanos, porque esta circulación es la que contribuye a mantener las formas culturales populares.

Cuando se compra artesanía es interesante y valioso conocer el origen de la pieza. Una artesanía comprada directamente al artesano que la produjo hará que esté en lugares protegidos, tal como se protege y valora cualquier actividad milenaria como es en este caso la producción artesanal. Es una cuestión de identidad.

El valor que tienen las ferias de artesanos que funcionan en las plazas es similar al que tuvieron históricamente desde siglos: la plaza y la feria conforman una unidad social y económica, un punto de encuentro y de distribución de la información sobre los principales acontecimientos, un lugar de expresión artística y de intercambio de recursos. Un ámbito cultural y popular por excelencia.

En las ferias el "pasen y vean" no existe, porque todo está expuesto directamente por quien lo creó. Y entonces se establece una nueva relación, se conoce al artesano no sólo por lo que hacen sus manos, sino también por sus años de oficio, su actitud de permanencia, su creatividad constante, su resistencia a ser avasallado por las leyes del mercado. Al artesano le interesa conocer a quienes compran sus artesanías, dialoga y mantiene lazos con ellos.

Las piezas ofrecen un mensaje, se convierten en posibilidades de relación y de comunicación con el otro. Se adquiere así un mutuo conocimiento. Se acercan mundos diferentes. La interculturalidad se pone en juego y se traduce al instante.

Pero ¡cómo cuesta aún la diversidad!

Con la vuelta a la democracia se reabrieron ferias y se crearon otras gracias al trabajo cooperativo y a la organización que demostraron los artesanos que aun mantenían su actividad. Luego de lograr discutir esa necesidad y de la apertura democrática de la política cultural de entonces, muchos pudieron tener la posibilidad de elegir un trabajo que combina el taller y el aire libre, así como antiguos oficios y nuevas técnicas.

Trabajadores especializados en distintos materiales poblaron los fines de semana algunos de los espacios públicos de la ciudad y hoy luego de treinta años (los más antiguos) y de más de veinte (los que se iniciaron en democracia), lograron sostener esta actividad cultural urbana que también toleró y resistió fuertes críticas, expulsiones, represión policial, ferias paralelas y descalificaciones típicas del conservadorismo retrógrado y culturoso.

Lo cierto es que pese a los malos vientos, este mundo que se arma y se desarma cada cinco días y es ofrecido como atracción turística en Internet, se ganó un lugar bien merecido en el corazón cultural de los porteños.



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