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Ignacio Di Toma Mues


Noviembre 2006
Año V | Edición N° 52

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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON

Tapa Periódico Noviembre 2006

Edicion Noviembre 2006


El jefe de gabinete y la política porteña

Las tribulaciones de Don Alberto

alberto fernandez

El hombre medita. Mira el mapa de la Ciudad de Buenos Aires y trata de descifrar su caprichosa geografía. Ensaya en el laboratorio distintas fórmulas que le den la receta definitiva. Observa números de encuestas, teclea en su calculadora y comprueba los resultados. A pesar de que Alberto Fernández intente que ningún detalle de su proyecto de poder quede librado al azar, él sabe que la política no es una ciencia exacta. Que los hombres y sus voluntades son volubles. Y que pueden deparar algunos sinsabores.

Por Fernando Casasco

Introito albertista

Fernández, porteño, hincha de Argentinos Jrs., fue uno de los primeros dirigentes peronistas no santacruceños que se acercaron al por entonces ignoto gobernador Néstor Kirchner, integrando el ya mítico Grupo Calafate. Desde su apuesta por el hombre de la Patagonia y desde su experiencia en campañas electorales – había sido jefe de campaña de Eduardo Duhalde en las presidenciales de 1999 y de Domingo Cavallo en su desembarco porteño en el 2000 – se ganó un lugar de privilegio en el círculo áulico de Kirchner. Tras la retirada de Carlos Menem del ballotage en 2003, el "pingüino" ocupó el sillón de Rivadavia y a nadie extrañó que nombrara al hombre de los bigotes en la Jefatura de Gabinete.

Una vez en el gobierno, Fernández fue – y sigue siendo - el delegado de Kirchner en la esquiva política porteña. El fue el que le arrimó al primer mandatario la idea de fogonear la reelección de Aníbal Ibarra, para frenar el crecimiento de la "esperanza blanca" de la centro derecha, Mauricio Macri. Kirchner oyó sus consejos. El resultado en segunda vuelta fue contundente a favor del ex frepasista y el jefe de gabinete pudo disfrutar de ese glorioso momento. Así, varios hombres del "albertismo" lograron ocupar importantes puestos en la gestión de Ibarra.

Al mismo tiempo, Fernández seguía hilvanando su propio proyecto de poder. Logró encolumnar detrás de su figura a distintos sectores del PJ Capital y entronizarse como presidente del partido, después de la enésima intervención y posterior normalización del partido. Como ladero para esa tarea contó con la infatigable labor de Víctor Santa María, titular del poderoso gremio de los porteros (SUTERH). Paralelamente el bloque del Frente para la Victoria en la Legislatura crecía estimulado por el "poder de atracción" del kirchnerismo y de su hombre fuerte en el distrito. Por ese entonces se ilusionaba con la posibilidad de ser jefe de gobierno en 2007.

Intermedio con tropezones

Pero no todas fueron buenas para don Fernández. Su estrella comenzó a brillar con menor intensidad desde las elecciones legislativas del año pasado, en la que el candidato oficialista en Capital, Rafael Bielsa, ocupó el tercer puesto, muy lejos de los altos guarismos que el kirchnerismo obtuvo a nivel nacional. Pocos días después fue el máximo responsable en la operación de cooptación del mediático Eduardo Lorenzo "Borocotó", quien pasó de ser diputado electo por el macrismo a flamante adquisición kirchnerista, sin escala previa. Trascartón llegó la suspensión y posterior remoción de su cargo del jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra. A pesar de los esfuerzos de Alberto por ayudar a su aliado, no pudo evitar que fuera un hombre de su propia fuerza, el legislador Helio Rebot, el que confirmara el voto decisivo en el juicio político que condenó al ex fiscal.

Con la asunción de Jorge Telerman la situación se complicó aún más. Es que Fernández mantiene con el actual mandatario porteño un enfrentamiento de larga data, desde que ambos reportaban en la campaña presidencial de Eduardo Duhalde. Por si fuera poco el calvo ex secretario de Cultura mostró desde el principio de su gestión una sintonía fina con el sector de la Casa Rosada que responde a Julio De Vido, que busca restar injerencia al albertismo en la definición de la política porteña. No obstante, tanto Telerman como Fernández se dieron cuenta que se necesitaban entre sí: uno por la necesidad de apoyos a su flamante gestión; el otro por el empeño en conservar ciertos puestos claves en la administración de la ciudad que permitan el armado de una estructura de poder. La sangre no llegó al río, pero ninguno de los dos consideró necesario sentarse a fumar la pipa de la paz.

El último golpe para el jefe de gabinete fueron los graves incidentes ocurridos hace unas semanas atrás en el intervenido Hospital Francés. Las cámaras de televisión pudieron captar en vivo y en directo cómo una patota agredía a trabajadores en huelga y periodistas. Al frente de la barra brava estaba Sergio ‘Tuta’ Muhamad, dirigente del PJ Capital y ligado a los ‘Jóvenes K’, agrupación liderada por Nicolás Trotta y de estrechos lazos con Héctor Cappaccioli, uno de los dirigentes más cercanos a Alberto Fernández. El ministro del gobierno nacional inmediatamente salió a negar cualquier relación con los agresores y a pedir las sanciones que correspondan. Pero las declaraciones no echaron demasiada claridad a la oscura e imperecedera relación entre la dirigencia política argentina y los grupos de choque. Paradójicamente, la conmoción pública que suscitaron los tumultos en la quinta de San Vicente, con barras sindicales enfrentándose a piedrazos, palazos y tiros frente al mismo féretro del general Perón, sirvieron como bálsamo para tapar – al menos por ahora – los no menos graves hechos del Francés.

Final abierto

Más allá de que alguno de sus laderos u obsecuentes saque a la luz cada tanto su potencial candidatura, Fernández parece ya haberse convencido de que no será él en persona el que gobierne la ciudad de Buenos Aires en 2007. Y los juegos de alquimista para poder encontrar la fórmula salvadora – se llegó a hablar de la candidatura de Estela de Carlotto o de Graciela Ocaña, entre otras – parecen terminarse ante las pocas variantes realmente potables.

Hace pocos días atrás el jefe de la bancada kirchnerista en la Legislatura, Diego Kravetz, declaró que el futuro candidato a jefe de Gobierno "puede ser Scioli o también Filmus. Ambos representan el proyecto del presidente Kirchner y son capaces de traducir sus políticas a nivel local". Las palabras del titular de los legisladores "K" blanquean que ya quedan pocos participantes del oficialismo anotados en la grilla; y al mismo tiempo ponen un muro de contención a las desembozadas intenciones de quedarse en su puesto de Jorge Telerman.

De ahí que cada vez más el jefe de gabinete se suele mostrar al lado del vicepresidente Daniel Scioli, el hombre del oficialismo con mejor imagen en todos los sondeos para la elección a jefe de gobierno del año próximo. El ex motonauta ya no oculta su intención de postularse para gobernar los destinos de la Capital Federal. Y al mismo tiempo la oficina de Fernández reparte encuestas en las que Scioli aparece ganando el ballotage contra el que se le plante. A pesar de la ríspida relación entre el Presidente y su Vice, la forma en que Scioli seduce al electorado históricamente justicialista y a amplios sectores de clase media, hicieron que las diferencias fueran zanjadas. Incluso ya se habla de la posibilidad de que su compañera de fórmula sea la senadora Vilma Ibarra, hermana del ex jefe de Gobierno y con lazos sentimentales con el propio Fernández.

El hombre sabe de política y se conduce con pies de plomo. Mide cada uno de sus movimientos, aunque a veces no pueda controlar completamente a quienes lo rodean. Alberto sabe que está ante una oportunidad histórica: lograr que la Capital también sea un bastión del oficialismo, algo tradicionalmente difícil para cualquier mandatario peronista. Y no piensa desperdiciar esa oportunidad.



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