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Mayo 2012

Director Propietario & Editor Responsable

Ignacio Di Toma Mues


Noviembre 2006
Año V | Edición N° 52

Estación Villa Pueyrredón

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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON

Tapa Periódico Noviembre 2006

Edicion Noviembre 2006


Reflexiones desde un bodegón

Tito, el ferroviario

Es increíble ver lo que dura cierta ropa. Parece mentira que hoy cuando cualquier pantalón, aún los vaqueros, no subsisten más de un año en buen estado; haya ropas que perduran y persisten en su obstinación de durabilidad.

Esto se puede comprobar en las ferias americanas, que antes se llamaban ropavejeros y antes aún montepíos, donde se vende ropa usada (ropa vieja era una comida compuesta por las sobras de varios días y nada tiene que ver con el tema que estamos tratando) que ahora se llama "vintage".

Cuando recorremos los negocios de ropa usada nos damos cuenta que la calidad de la confección y de los materiales de la ropa se ha ido berretizando con el tiempo. Claro que hoy se puede encontrar ropa de excelente calidad; pero a no ser que la encontremos en la calle, no hay forma de comprarla.

Hace algunos años era normal que un joven tuviera un vaquero de más de cinco o seis años. Ese vaquero que era ya casi parte de la propia anatomía, como una segunda piel, al decir de un creativo publicitario de la década del 70.

Pero si observamos bien, lo que sucede con la ropa no es distinto de lo que sucede con todos los bienes de uso común en nuestra vida. En los ’50 y ’60, era frecuente encontrar resaltado como virtud en cualquier artículo su durabilidad. "Hecho para durar", "para toda la vida" y "eterno"; eran parte frecuente de los slogans publicitarios de hace cuarenta o cincuenta años.

La realidad del nuevo siglo es otra y la noción de durabilidad es anacrónica. De hecho las cosas duran más que el tiempo que tardan en envejecer. Y así, quien compra hoy cualquier elemento, sobre todo los tecnológicos, está condenado a comprar algo viejo ya que seguramente ya hay, en algún lugar del mundo, una novedad que está dejando al flamante chisme en la categoría de carcacha. El propio Steve Jobs, fundador y presidente de Apple Computers, parodiaba esta tendencia en un programa de TV yanqui presentando un I-pod (ese pequeño aparatito del tamaño de una tarjeta de crédito que permite escuchar música y ver videos almacenados en su memoria) y a medida que presentaba uno, iba saliendo otro más y más diminuto.

Pero en la década del ’50 la situación era bien distinta. Todas las cosas estaban hechas para durar, y para durar mucho.

Los autos eran robustos armatostes de hierro y acero; las heladeras eran enormes catafalcos con poquísimo espacio interior que aún hoy enfrían. Y la ropa duraba tanto que pasaba de hermano a hermano, y aún de padres a hijos.

Muchos sospechan que ese es el caso del antiquísimo uniforme que Tito, el ferroviario, lleva puesto día tras día desde tiempos inmemoriales.

Tito, el ferroviario, se sienta en la mesa junto a la ventana del lado de la avenida con la Crónica y el tazón de café con leche. Llega al bodegón a media mañana, cuando el trajín del desayuno termina, y se va apenas llegan los primeros clientes del almuerzo.

Es un hombre promedio: ni alto ni bajo, aunque tirando a retacón; ni gordo ni flaco, aunque más bien macizo. Tiene una cabeza casi perfectamente esférica, cualidad resaltada por su resplandeciente bocha coronada por una franja de pelo prolijamente cortado.

Pero lo que de él resalta es la cara de buen tipo. Los ojos claros tras los lentes bifocales, la nariz pequeña y rechoncha sobre un bigote corto y tupido y la boca que parece estar siempre a punto de sonreír dan a su rostro el aspecto de un Papá Noel nacional y popular; el aspecto que tendría de haber nacido por estas playas.

Lo llamativo de Tito es que siempre va vestido de la misma manera; limpio y pulcro, pero siempre igual: un mameluco azul y, sobre él, una especie de saco o guardapolvo de lona gruesa. Sobre la cabeza calva, una gorra del mismo material del saco.

Si bien el mameluco es renovado periódicamente, (algunos dicen que una vez al año, coincidentemente con su cumpleaños) el saco y la gorra tienen una antigüedad indeterminable. Pero, a juzgar por su aspecto gastado y raído, son prendas que superan holgadamente el medio siglo.

Y efectivamente el mismo Tito confesó una vez que esa ropa la llevaba puesta desde "el día que sacamos al general de la cárcel; claro que en ese entonces era todavía coronel". Desde el día en que dejó su puesto de trabajo en algún lugar de la traza del ferrocarril del Pacífico y llegó caminando por la vía hasta el Hospital Militar cargando una enorme llave de ajustar los bulones de los rieles "por si había que dar palos"

Tito es un ferroviario genético. Nacido en los talleres de Tafí Viejo, conoció la humillación de muy chico, viendo como su padre debía entrar con la cabeza gacha, obligado por una cadena cruzada a la altura de los hombros en la puerta del galpón, a su lugar de trabajo bajo la sonrisa burlona de los ingleses, luego de ser quebrada una huelga por diez centavos de aumento.

También conoció la traición cuando al viejo lo balearon por proponer que esos diez centavos los aportaran los trabajadores de las categorías superiores, entre los que él mismo estaba, para mejorar el jornal de los que ganaban menos. Así fue como Tito, que aún no era ferroviario aunque lo llevara en sus genes; comprendió que de la mano de esos revolucionarios europeos no se llegaría a ningún lado, y que habría que esperar a que "venga un criollo a manda". Así y todo, de su padre heredó no solamente el gen ferroviario sino cierta convicción instintiva de que era necesaria una sólida formación intelectual para poder defenderse de los opresores; a los que a veces llamaba oligarcas y otras cochinos burgueses.

Así fue como se entregó a la lectura desordenada de cuanto escrito de corte social o político cayera en sus manos. Marx, Engels, Bakunin, Luxemburgo, Ingenieros, Almafuerte; todo fue siendo devorado y asimilado como su escasa formación escolar buenamente le permitía.

Hasta que un día aparecieron hombres que se diría que estaban escribiendo para él. Escritores que no lo consideraban un "Hombre Mediocre" sino un "Hombre que está solo y espera".

Ortiz Pereyra, Torres, Scalabrini Ortiz, Manzi, Jauretche, Discepolo, Ugarte, Marechal. No solo le escribieron, fundamentalmente lo entendieron. Contrariamente a lo que le pasaba con las primeras lecturas, estos nuevos escritores no lo consideraban un objeto de estudio, como un insecto bajo el microscopio. Antes bien eran pares que sabían más que él, y eso lo abrigaba como una manta.

Por eso hace sesenta y un años con su uniforme y su llave inglesa se sumergió en un mar cálido de camisas transpiradas y mamelucos grasientos a defender, no a un líder, sino a quien lo entendía.

Y nunca más salió, aunque desde ese momento no usó otra ropa que la que él entendía era su uniforme de combate. Después pasaron años y cosas de las que nuca habló. Nunca fue perseguido o acosado; nunca debió esconderse ni andar en la clandestinidad. Después de todo solo era un pobre trabajador ferroviario que nunca se metía en política, ni andaba en asambleas, ni creaba problemas y encima andaba con un saco y una gorra todos raídos.

La otra mañana veía como sesenta y un años después los muchachos recordaban aquel día de octubre a tiros y palazos. Sentado en su mesa de siempre miraba la tele y en su cara sólo se esbozaba un leve sonrisa de compasión. Se levantó, como siempre, cuando llegaron los primeros clientes para el almuerzo; dobló la Crónica y la metió en el bolsillo del viejo saco.

Antes de salir alguien le gritó desde una mesa: "¿Y Tito, qué opinás del quilombo que armaron tus compañeros?".

Lo miró con sus ojos claros, la leve sonrisa eternamente dibujada en sus labios y luego de mirar de reojo un segundo la pantalla de la tele dijo: "pobres tipos, no tienen nadie que los entienda"



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