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Ignacio Di Toma Mues
Marzo 2007
Año VI | Edición N° 56
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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON
Edicion Marzo 2007
Por Diana Martino
Ella creía ser soberbia pensando en escribir sobre la idea de Dios.
Pero le encantaba Dios.
Empezando por la palabra.
Corta, de tan sólo cuatro letras. Como los cuatro elementos de la naturaleza, el agua, la tierra, el aire y el fuego.
Cuatro, símbolo de un algo extremadamente responsable, con mucha fuerza interior, leal, honesto, sincero, inteligente y tenaz.
Y así ella lo veía a Dios.
Era una idea redonda y casi perfecta, como un círculo, con el brillo y el calor del Sol, de color amarillo intenso y que representaba el comienzo de todo.
El origen.
Dios, creador y protector del universo y la humanidad.
Ella creía que Dios había establecido el orden en el universo y en las galaxias. Que los planetas y los diferentes astros ejecutaban una armoniosa danza, cada uno con su compás y guiados por una silenciosa y solemne música interior.
Conjugaban un verdadero concierto de paz, de luz y de sombras.
La consonancia terrenal tuvo a Dios como guía también, ella pensaba. Involucra a los humanos y a las distintas especies animales y vegetales y minerales en una equilibrada disposición. Cada cual cumple un rol diferente y que invariablemente se van encadenando en la formación del todo.
En cuánto a la especie humana en sí, ella decía que Dios nos había enviado algunos hombres y mujeres que nos dejaron enseñanzas increíbles, que nos mostraron el camino del bien y el mal. Que fueron para nosotros muy importantes guías y que marcaron los valores de nuestra vida y señalaron gran parte de nuestro destino.
Fueron los emisarios de Dios, fueron sus elfos.
Confucio, su hijo Cristo, la Madre Teresa de Calcuta, Mozart y Beethoven, genios que llenaron nuestras almas de música o Miguel Ángel o Leonardo da Vinci que nos extasiaron con el color y la armonía de sus obras. Sólo por nombrar algunos.
Ella cree que tal vez Dios se tome un descanso de vez en cuando. Debe encerrarse en sí mismo para meditar y analizar situaciones, recobrar energía, armonizarse, y es entonces que el hombre, eterno disconforme, librado a su azar, produce los desastres más inimaginables hasta destruirse a sí mismo.
Juega a la guerra con soldaditos de plomo que son de carne y hueso. O festeja tirando una bomba que no es precisamente de artificio y que no es inofensiva. O decide talar indiscriminadamente los bosques en provecho propio.
Sólo por mencionar algunos de los daños que autodestruyen su especie.
Es entonces que Dios despierta de su descanso y se enoja y nos manda los terremotos y los huracanes. Es entonces que las olas gigantes barren las ciudades o las lenguas de lava caliente hacen desaparecer los pueblos de las laderas de los volcanes. O manda tempestades o sequía intensas.
Es entonces que llega el hambre, la sed y la enfermedad.
Pero luego siempre se serena.
La razón vuelve a controlar sus emociones negativas.
Vuelve a asomar su sonriente rostro y con sus manos vuelve a pintar los campos y el cielo usando los mágicos colores de su paleta. Vuelve a estar de buen humor. Vuelve a ser el manantial de fe y amor del hombre. Vuelve a insuflar el aliento adecuado.
Y a estar cerca de los animales, cuidando su hábitat. Y a ser el eje del espiral acaracolado de la vida.
Un eje que finaliza, justamente allí dónde todo comienza.
Ése es Dios o la idea de Dios.
Así decía ella.
Mural reivindicativo de la lucha de las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Salón de actos del establecimiento que en Villa Urquiza alberga al Liceo Nº 11 "Cornelio Saavedra"; y a los Colegios Nº 12 "Reconquista" y Nº 16 "Guillermo Rawson"
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