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Ignacio Di Toma Mues
Julio 2007
Año VI | Edición N° 60
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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON
Edicion Julio 2007

“El hombre de la calle dice
‘No te aguanto más’.
En medio del discurso
corre bruscamente el dial (...)
No me hablen más de él,
que yo lo veo en cada esquina
y lo escucho en el café”.
Jaime Roos
Por Fernando Casasco
A finales de la Segunda Guerra Mundial, en la Italia que salía del fascismo, Giorgio Macri fue uno de los fundadores del Frente del Uomo Qualunque. Su consigna era la antipolítica, el orden y la eficiencia. Su emblema, una prensa que aplastaba a un hombre para que soltara todo su dinero. El partido obtuvo más del 5% de los votos en las elecciones constituyentes de 1946 y 30 bancas, por detrás de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista.
El hijo de Giorgio, Franco, asegura que “ese movimiento expresó la insatisfacción del hombre de la calle (...) A mi padre lo derrotaron y se vino a Buenos Aires”. En Argentina, el pequeño Franco crecería y se convertiría en un empresario. Y no en un empresario “qualunque”, sino en el dueño de uno de los mayores holdings capitalistas del país.
En italiano Qualunque quiere decir Cualquiera. Como tantas otras cosas, los argentinos también adoptamos el término de la lengua de muchos de nuestros ancestros. En el diccionario del lunfardo, el castellanizado “Cualunque” significa: “Alguno, cualquiera, indistinto”. En general, todos lo tomamos como alguien o algo ordinario, sin ninguna particularidad que lo distinga.
Hace unos años atrás, el periodista y conductor Gabriel Schultz – seguramente sin conocer nada de la vida del padre de Franco y del abuelo de Mauricio Macri – comenzó a divulgar por radio sus “Máximas del hombre cualquiera”. Semana a semana lanzaba consignas como que “todos los abogados son garcas”; “los gordos son resentidos”; “las mujeres que toman el sol en la terraza de su casa, son vividoras”, entre muchas otras.
Si bien Schultz ahora goza de cierta fama, gracias a su apariciones televisivas (Ardetroya, TVR), cuando comenzó con esas máximas no era más que un productor radial. Su rostro no era conocido por el gran público, y podía lanzar los disparates más insensatos (y más divertidos) con la “impunidad” que da el anonimato. Su personaje era justamente eso, un hombre cualquiera, que no tenía que andar rindiendo cuentas por la vida, ni ser políticamente correcto.
El hombre cualquiera, el de a pie, el anónimo trashumante de la gran ciudad siempre está tentado de castigar impiadosamente aquello que le molesta. Y muchas veces sus diatribas están dirigidas contra la política y, en general, contra “los políticos”. Pero esa manada de lobos también se puede convertir en manso rebaño de corderos si encuentran a “un buen pastor”. Allí, al final del camino, estaba esperando el hombre elegido, en definitiva un hombre cualquiera – aunque no lo sea -, para conducirnos por el camino de la felicidad.
De poco importa que el Presidente de la Nación nos recuerde con su verba encendida que Mauricio es Macri; de poco vale recordar el pasado del líder de PRO ligado a la “patria contratista” y hasta su procesamiento por contrabando; nada cambia que sus aliados maten docentes en las rutas de su provincia, o se inventen títulos de “ingeniero” (Blumberg es tal vez el máximo exponente del ‘Uomo Qualunque’). En cambio, sí se vio en él a un dirigente deportivo exitoso; un capitalista “con rostro humano” (para lo cual ayudó sobremanera su compañera de fórmula); y a un hombre que, sin ser cualquiera, bien puede entender las necesidades de “la gente”.
Giro a la derecha
Ante cada elección, y de acuerdo con el gusto del analista sobre vencedores y vencidos, surgen rápidos los análisis extremistas. Unos repiten el muy latino y democrático “vox populi, vox dei”; otros se refugian en su aristocratismo más exacerbado y promulgan que “el pueblo no sabe votar”. Ambos se confunden o tratan engañosamente de llevar agua para sus respectivos molinos. Si el pueblo no supiera votar, no habría conseguido muchas de las conquistas políticas y sociales de las que hoy disfrutamos; si, en cambio, nunca se equivocara, no hubiéramos tenido gobiernos que en nombre del pueblo terminaron imponiendo los intereses de una pequeña minoría. “Mi pueblo es un mar sereno, bajo un cielo de tormenta”, decía Alfredo Zitarrosa.
El pueblo suele rehuirle a la mayoría de las etiquetas que utilizan los analistas. No es de derecha, ni de izquierda; ni “neoliberal”, ni “progresista”. Pero que rehuya a esos apelativos, no quiere decir que sea zonzo, como algunos pretenden demostrar, ni que sepa que hay dirigentes de derecha, de centro o de izquierda. Al votar a Macri nadie puede hacerse el desentendido, ni decir que no sabe de quien se trata.
La inseguridad, el desorden en la vía pública, la falta de limpieza en las calles, los problemas de tránsito, parecen ser hoy las principales preocupaciones de los porteños, por encima de la pobreza, el desempleo, la educación o la salud. Y queda claro que en los últimos años, las distintas propuestas “progresistas” no pudieron dar respuestas a esos problemas. A eso se suma el habitual espíritu díscolo de los habitantes de la Capital contra todo lo que parezca un exceso de hegemonía del gobierno central, sobre todo si este proviene del peronismo - “el hecho maldito del país burgués”, como decía J.W.Cooke -. Entonces (“¿por qué no?”), el giro a la derecha cae de maduro. Y vira hacia un candidato que habla contra la política, pero está políticamente más maduro.
En el ojo de la tormenta
Con el clan Macri se cumple – aparentemente - el destino inverso al de la familia Corleone, retratada en “El Padrino”. Don Vito quería alejar a su hijo Michael de los negocios familiares y convertirlo en “gobernador” o “senador Corleone”, pese a lo cual el vástago se hace cargo de su destino y se transforma en el jefe más poderoso del hampa neoyorkina. En cambio, Franco deseaba que su hijo Mauricio fuera su heredero en el manejo de los negocios familiares; pero el ingeniero terminó desairando a su propio progenitor al escoger la vida pública: primero como presidente de Boca, ahora como jefe de gobierno porteño, y mañana – tal vez – como el gran líder, la “esperanza blanca”, que la derecha esperaba. Eso sí, sin renunciar a los sustanciosos dividendos de las Sociedades Macri. Lo que se hereda no se roba.
Seis de cada diez porteños votaron a Macri como jefe de gobierno el pasado 24 de junio. Además, ganó en todos los barrios. Claro que hay matices: si en Retiro y Recoleta lo votaron cuatro de cada cinco electores, en Chacarita y Villa Ortúzar superó por poco la mitad de los sufragios. Como si esto fuera poco, en la primera vuelta electoral se aseguró el virtual control de la Legislatura, con 28 diputados propios sobre los 60 que ocupan el recinto. Tal suma de poder, difícil de conseguir en una ciudad tan atomizada políticamente, parece no dejar espacio para excusas.
Ahora deberá gobernar una ciudad que aparece desvelada por los problemas que enumerábamos más arriba. Sin embargo, primero deberá atravesar una extensa transición y asumir el riesgo de su liderazgo “natural” en la oposición a nivel nacional. A todos los candidatos presidenciales “anti-K” se les hace agua a la boca cuando imaginan un posible apoyo del ingeniero para los comicios de octubre. Pero él preferirá seguramente marchar con pie de plomo para no gastar a cuenta el capital político genuinamente obtenido. Con esa estrategia ya consiguió un gesto del gobierno nacional para transferirle la policía y la venia de Jorge Telerman para diseñar en conjunto el presupuesto del año próximo.
El hombre de la calle, el hombre cualquiera, acostumbrado a perder, ya depositó su confianza en él para que se haga cargo de los destinos de la ciudad autónoma. Mauricio, que es Macri, deberá demostrar si está dispuesto a gobernar para esa gran mayoría o si en cambio lo hará para la pequeña minoría acostumbrada a ganar a costa de los “qualunque”.
Mural reivindicativo de la lucha de las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Salón de actos del establecimiento que en Villa Urquiza alberga al Liceo Nº 11 "Cornelio Saavedra"; y a los Colegios Nº 12 "Reconquista" y Nº 16 "Guillermo Rawson"
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