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Ignacio Di Toma Mues
Marzo 2007
Año VI | Edición N° 56
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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON
Edicion Marzo 2007
Por Aldo Barberis Rusca
No conociendo otras sociedades, este humilde cronista no tiene más remedio que describir una situación sin posibilidades de efectuar comparaciones tan caras al sentir nacional.
Los argentinos, al momento de reflexionar acerca de una conducta social, siempre nos referenciamos sobre la misma en otros países; preferentemente EE. UU. o los europeos.
Sobre cualquier tema en algún momento puede aparecer la reflexión: "No sabés, en Francia (o en Alemania, Estados Unidos, Italia, Bolivia, Borneo, Nigeria o Filipinas) esto no pasa, allá se cruza por la senda peatonal (o con el semáforo en verde, o no se cobra coima, o lavan las veredas, o cumplen los horarios, o reciclan los corchos, o lo que sea).
Sin ánimo de oficiar de psicoanalista de nuestra sociedad, parecería que nuestras opiniones no valen de nada si no están avaladas por la confirmación de su validez en algún otro lado.
Es así que a comienzos de los noventa un genio, que no recuerdo quién era, dijo por TV que en (Lituania, Bosnia, Cachemira, Wisconsin, Burkina Faso, o vaya uno a saber donde) se fomentaba el turismo trasladando los feriados a los lunes. Seguramente a nadie en este mundo se le ocurrió jamás una idea tan estúpida; pero como la dijo un abriboca autorizado y viajado se implementó de inmediato.
Es muy probable que el ideólogo tuviera o representara intereses en el área del turismo, nunca lo sabremos, y que de esta forma hiciera pingues ganancias a costa de la pérdida de significado de una fecha patria.
Lo cierto es que inmediatamente después de disponerse el traslado de los feriados, otras voces autorizadas y también viajadas alertaron acerca de que "en ningún lugar del mundo sucede algo así, en "los países serios los feriados se respetan".
Cabe aclarar que "los países serios" suelen ser aquellos donde se hace lo que al expositor le parece que debe hacerse.
Quienes hablan de "los países serios" son los mismos que habitualmente golpean la mesa y exclaman que "¡Acá hay que dejarse de joder con tanto feriado y tanta vacación y tanta joda! ¡Acá lo que hay que hacer es agachar el lomo y ponerse a laburar, la-bu-rar!".
Es que existe la creencia popular de que los argentinos trabajamos poco; creencia fomentada por los sectores liberales, terratenientes y oligarcas para justificar la explotación de las clases trabajadores (y si no me creen lean el artículo sobre Bialet Massé aparecido en este periódico hace un par de meses).
Pero resulta que esto es falso, los argentinos trabajamos más horas y más días al año que en "los países serios" donde tienen un mayor tiempo de vacaciones y feriados más largos. Como ejemplo vale decir que en la mayoría de los países europeos la semana de pascua y la de navidad hasta año nuevo son feriados para casi todos los trabajadores y la totalidad de los estudiantes. Demás está decir que en casi todos lados las vacaciones cuentan, en promedio, con bastantes más días que las miserables dos semanas con que se premia al trabajador local. (Estos datos son fácilmente comprobables buscando en Internet)
Lo que este cronista ignora, por ser su vuelo de cabotaje y no contar con experiencia internacional, es cómo se comportan las gentes de otros rumbos cuando les tocan "Las Vacaciones".
Los argentinos amamos las vacaciones, vivimos para las vacaciones. Y cuando nos tocan las vacaciones la ansiedad, el estrés, nos las arruinan.
Es que el año laboral comienza cuando nos reincorporamos, después de las vacaciones, con la sensación de que esas miserables dos semanas no sirvieron para nada, que frente a nosotros se extiende un largo corredor de cuarenta y pico de semanas que, ya antes de empezar a recorrerlas, nos agota. Y termina en el momento del sorteo o la asignación de las fechas. Entre este momento y las vacaciones sólo se acumula angustia y tensión que luego se liberará, explosivamente, en la ruta, en la playa, en la peatonal, en el restaurante; en las vacaciones al fin.
Las vacaciones son el Xanadú soñado por cada trabajador argentino, el momento en que el hombre, sobre todo el hombre, hace realmente lo que quiere y para demostrarlo hace estupideces: se pone una trencita de caracoles en la cabeza, una pulserita de caracoles en el tobillo, hace asados a repetición, maneja incansablemente o, por el contrario, se niega a manejar en absoluto, pretende modificar aquello que no le molestó en todo el año, pretende hacer deporte y ponerse en línea y, sobre todo, se frustra y se angustia. Todo esto ante la mirada resignada de su sufrida esposa cuya mayor actividad es la de convencer a los hijos que todo esto en unos días se acaba y vuelve la normalidad.
El noventa por ciento de lo que pasa en las vacaciones pasa en la playa; y el noventa por ciento de lo que pasa en la playa son vendedores de churros.
Yo recuerdo las playas de mi infancia donde pasaban el churrero, el barquillero, el cocacolero, el diariero, el cafetero, el barriletero y poca cosa más.
Hoy en día en una jornada de unas cuatro horas de playa, además de los vendedores de avioncitos, yogur, artesanías, pan casero, pelotas, ropa hindú, gorras, anteojos para el sol, termos para cerveza, ojotas, pastelitos, choclos, jugo de naranja, agua para el mate, helados, pescado y joyas de fantasía; pasan alrededor de veinte o treinta churreros distintos, lo que hace que al fin de la jornada un total de cerca de trescientos vendedores nos hayan gritado su mercancía.
Ir a la playa es una experiencia traumática en grado superlativo, es como sentarse en una vereda de la Av. Corrientes por donde pasa gente que grita incesantemente pero con el agravante de que en la playa se juega al tejo, al fútbol y al tenis playero.
En el escaso espacio que dejan las incontables canchitas de los citados deportes, evitando estar demasiado cerca del agua (por que está muy húmedo) o demasiado lejos del agua (por que hace mucho calor) o sobre la línea de la pleamar (que deja un infausto saldo de pescados muertos, puchos, envases, bolsas, algas, aguavivas, flores -¿por qué siempre hay flores?-, preservativos y bosta de caballos), se instalan las sombrillas y las carpas que pretenderán, infructuosamente, proteger a los veraneantes del viento. Porque si algo hay en la costa atlántica es viento.
Por lo tanto el veraneante argentino llega a la playa, se quema, se insola, compra lo que no necesita, gasta lo que no tiene, hace lo que no debe, y se vuelve a esperar las próximas vacaciones con la esperanza de vivir nuevas y emocionantes aventuras.
Claro que no todos son así; algunos solo quieren descansar, y se dan por bien pagados si al menos por un par de horas al día lo logran.
Ustedes se preguntarán qué fue de las vacaciones del gallego.
Pues bien, un día a mediados de febrero, el boliche abrió como si nada hubiera pasado con el patrón detrás del mostrador, los parroquianos en las mesas, la mujer del gallego en la cocina, el pizarrón con el menú en la puerta y sin trazas de que algo hubiera cambiado.
Si le fue bien, si le fue mal, si se divirtió o no; nadie más que él lo sabe. Es que el gallego es hombre muy reservado.
Hay quien dice haberle visto una pulserita de caracoles en el tobillo.
Mural reivindicativo de la lucha de las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Salón de actos del establecimiento que en Villa Urquiza alberga al Liceo Nº 11 "Cornelio Saavedra"; y a los Colegios Nº 12 "Reconquista" y Nº 16 "Guillermo Rawson"
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