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Ignacio Di Toma Mues
Mayo 2008
Año VII | Edición N° 70
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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON
Edicion Mayo 2008

De vez en cuando la vida nos provee con algunos acontecimiento que parece que sirvieran para explicar otros de orden más complejo o cuyas consecuencia se nos escapan. Estos hechos, esta hermenéutica fáctica es de difícil identificación pero, llegado el caso que sepamos leerla, puede proveernos de una valiosa herramienta para interpretar la realidad.
Por Aldo Barberis Rusca
Los antiguos tenían la capacidad de leer signos en la naturaleza que les indicaban las consecuencias de los actos que se proponían emprender. Pero lo importante no es que tuvieran la capacidad sino que creían en estas interpretaciones y actuaban de acuerdo con lo que estos oráculos indicaban.
Así es que antes de una batalla un augur consultaba alguno de los infinitos métodos de predicción con que contaba para indicarle a su comandante si el momento era fausto o infausto para el combate. Estos oráculos iban desde la lectura del vuelo de la aves hasta la inspección minuciosa de las entrañas de un animal sacrificado ad hoc.
Los augures romanos eran funcionarios del estado y solo podían ser consultados por los magistrados, aunque también existían los adivinos particulares que se encargaban de hacer vaticinios a los ciudadanos de a pié, comerciantes, mercaderes, viajantes y otros emprendedores.
Los signos de que disponían estos adivinos para realizar su trabajo eran por demás variados y, en algunos casos, rozaban lo ridículo.
Entre las señales más observadas estaban las manifestaciones de la naturaleza (rayos, truenos, nubes, etc.). De tal forma, si un relámpago caía a la izquierda del augur mientras este miraba hacia el sur se consideraba un buen signo ya que correspondía a la derecha de Júpiter, que era su lado favorable. Su lado izquierdo, por el contrario, resultaba el infausto. Es por esto que siniestro es sinónimo de zurdo y fatídico.
Sin embargo el augur podía leer el vuelo de las aves, tanto por su forma de desplazarse como por el tipo de ave, el graznido de cuervos, lechuzas y grajos y hasta el apetito que mostraban los pollos sagrados del templo. Suponemos que el buen apetito indicaría un futuro venturoso para el consultante aunque no para los pollos que tendrían destino de cacerola.
Los acontecimientos imprevistos, repentinos y extraordinarios solían ser interpretados como malos augurios y vaticinaban hechos nefastos.
Cuenta Cicerón que en el año 363 a.C. se produjo un hecho singular: una gran grieta se abrió en el medio del foro romano. Los augures, como es de suponer, lo consideraron un hecho nefasto y se aprestaron a consultar los oráculos a fin de contrarrestar el vaticinio.
Luego de analizar la situación concluyeron que solo se cerraría la grieta si Roma arrojaba en ella su tesoro mas preciado. El joven patricio Marco Curcio, miembro de una de las familias más antiguas de la ciudad, afirmó que Roma no poseía tesoro más digno y precioso que un generoso y valiente ciudadano. Por eso, montó sobre un caballo y se lanzó al fondo del abismo, el cual se cerró inmediatamente sobre él.
Resulta evidente que hoy nadie estaría dispuesto a arrojarse a un pozo, por mas valiente que sea, solo guiado por los dichos de un adivino. Pero nuestros ancestros creían a pie juntillas en ellos.
Esta creencia formaba parte de un sistema de pensamiento evidentemente más acorde con la naturaleza y sus ciclos, ya que partía del supuesto que el universo tiene un orden y el hombre, sea cual sea su posición en un sociedad determinada, está sujeto a él.
Y los dioses actúan como custodios de ese orden.
Así, cuando los pronósticos resultaban desfavorables, se podían torcer a través de una victima propiciatoria que restableciera el orden; perdido o por perderse.
Cuenta Homero que cuando las naves aqueas zarpaban para la guerra de Troya una súbita calma dejó parado al ejercito en Áulide lo que originó una consulta de Agamenón a su augur Calcas.
Luego de consultar los oráculos el adivino concluyó que Artemis se encontraba enojada con Agamenón desde que este había matado una cierva dentro de uno de sus bosques sagrados y que solo se apaciguaría la furia de la diosa si el rey de Acaya sacrificaba a su hija Ifigenia. Cumplido el trámite la diosa cumplió con su palabra y las naves zarparon.
Los tiempos que corren no suelen ser pródigos en augures que sepan interpretar el vuelo de las aves o las tripas de un carnero aunque la naturaleza nos siga regalando con signos de lo que nos depara el futuro.
Hace algo mas de un mes algunos porteños vimos con estupor como un grupo de conciudadanos armados de cacerolas tomaba las calles y la Plaza de Mayo reivindicando la protesta de los productores agropecuarios.
Las cacerolas destilaban más odio hacia el gobierno que solidaridad con el campo y lo único que lograron es envalentonar más a quienes cortaban las rutas para que se dieran el lujo de dejar a buena parte de la población sin posibilidad de comprar carne, pollo, huevos y verdura ya sea por la falta de producto o por los precios que alcanzaron picos inalcanzables.
Paradójicamente, los cortes también afectaron a los productores, también agropecuarios, de pollos, verduras, leche y otros productos que perdieron millones de pesos al ver cortados sus canales de venta.
Afortunadamente cuando la cosa se empezaba a poner demasiado espesa llegó la tregua, aunque el abastecimiento tardó y los precios nunca llegaron a los niveles anteriores a los cortes de rutas.
Y fue ahí donde algún dios antiguo y desocupado decidió mandar un augurio.
Tal vez haya sido Bóreas, el viento norte, que para los griegos era fuerte, violento y frío y que en estas latitudes "enloquece la razón", como dijo Horacio Guaraní.
Lo cierto es que de pronto toda la ciudad se llenó de humo, un humo denso, picante, que irritaba la garganta, los ojos y los ánimos. Un humo del que no se podía escapar, que estaba en las calles, en las piezas, en la ropa, en los bares. Un humo que cortó rutas, como antes las habían cortado los hombres del campo.
Y los porteños, ignorantes de la naturaleza y su lenguaje, nos vimos envueltos en la misma nube malsana que envuelve cada año; y cada año que pasa un poco mas, a Rosario, a Paraná, a Resistencia, a Tartagal.
La señal estuvo, los que faltaron fueron los augures; aquellos que nos dijeran que la nube de humo que viene de los montes quemados para poner el ganado que se saca de los campos donde se siembra soja que se exporta para que un reducido grupo de especuladores se llene de dinero mientras nuestros compatriotas ganan sueldos miserables que no les permiten comprar los alimentos que los productores quieren vender a precios internacionales mientras pagan salarios de tercer mundo, no puede ser un buen augurio.
Mural reivindicativo de la lucha de las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Salón de actos del establecimiento que en Villa Urquiza alberga al Liceo Nº 11 "Cornelio Saavedra"; y a los Colegios Nº 12 "Reconquista" y Nº 16 "Guillermo Rawson"
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