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Ignacio Di Toma Mues
Junio 2009
Año VIII | Edición N° 83
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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON
Edicion Junio 2009
No existe placer más grande y, al mismo tiempo más sencillo, que el de comer un higo maduro en una tarde calurosa de verano; y sin embargo esa fruta que reúne toda la sensualidad posible en su pulpa carnosa, colorada y fragante, dio origen al nombre de una de las especies de canallas más abominables: los sicofantes
Por Aldo Barberis Rusca
Nuestra cultura occidental tiene su raíz profundamente anclada en las costas del Mediterráneo. La visión de sus costas soleadas, sus casas blancas, sus aguas azules despierta en nosotros nostalgias de tiempos no vividos, memorias atávicas de épocas que se resisten a desaparecer de nuestra genética.
El Mediterráneo nos trae el aroma de la aceitunas, del ajo, la albahaca; de los quesos fuertes y picantes, la fragancia del aceite de oliva y los higos.
Los higos son una imagen recurrente, desde España a Turquía; del norte de África al sur de Europa el benigno clima cálido atemperado por las aguas del Mare Nostrum hace crecer los frutos más apreciados y codiciados del mundo antiguo
Tan apreciados eran que, en la antigua Grecia su cosecha solamente se realizaba cuando los sacerdotes encargados de los cultivos lo anunciaban oficialmente. En algunas culturas la higuera representaba la inmortalidad y su fruto la sabiduría, el conocimiento superior. Hay hasta quienes dicen que el árbol del bien y del mal del paraíso era una higuera, y que la fruta que ofreció la serpiente a Eva era un higo.
Es por esto que no sorprende que la exportación de higos, en algunas regiones de Grecia (Ática particularmente) estuviera prohibida, y el contrabando severamente penado. Pero todos sabemos que una prohibición es inútil si no se tiene el poder de controlar su cumplimiento; y si de algo se carecía en los tiempos antiguos era precisamente de organismos de control. Es por esto que el gobierno decidió que la mejor forma de detectar a los exportadores ilegales de higos era apelando al infame método de la delación.
El papel de delator no tenía en absoluto el carácter infamante que tiene para nosotros y todo ciudadano estaba siempre bien dispuesto a testimoniar en contra de su vecino en aras del bien y la seguridad pública. A estos delatores se los llamó sicofantes (del griego sykon; higo y phaíno; descubrir). En el barrio los llamamos ortivas.
Vale decir que los sicofantes no tardaron en convertirse en delatores profesionales, siempre dispuestos a delatar a alguien por dinero, a la extorsión y a la calumnia.
Jorge Luis Borges cuenta en su prologo a Evaristo Carriego (o a Historia Universal de la Infamia; no lo recuerdo y no tengo ganas de buscarlo) que es muy común, y constituye todo un género, encontrar en la películas norteamericanas un personaje que debe infiltrarse en una organización delictiva a fin de poder delatar a sus miembros. Para la cultura estadounidense ese personaje es un héroe.
La apoteosis del género es la película "Sérpico" donde un policía de narcóticos se infiltra entre sus propios compañeros para desbaratar una trama de corrupción policial. Contrariamente a lo ocurrido en el país de origen el público argentino calificó al honesto policía de "botonazo", "ortiva", "vigilante" y hasta de "maricón" (la palabra sicofante no figuraba en el léxico de los cinéfilos de ese entonces)
Sucede que, según Borges, en la sociedad argentina se encuentra muy arraigado el concepto de lealtad y la noción de amistad, lo que transforma a un delator en un ser despreciable.
Claro que quien tiene la vocación de ser gendarme del mundo debe tener necesariamente un espíritu de sicofante. Y fue el bueno de Rudy Giuliani el que llevó la delación al grado de política de estado.
Giuliani asumió su cargo de alcalde de Nueva York en el año 1994 como corolario de una carrera de buchón profesional que comenzó cuando, recién recibido de abogado, eligió la fiscalía como rama de su actividad en la que desarrolló toda su profesión.
Al asumir como alcalde promulga la llamada "Estrategia Policiaca Número Cinco" que es conocida mundialmente como "Tolerancia Cero".
La tolerancia cero es comúnmente confundida con el "gatillo fácil". La diferencia radica en que si bien ambas son peligrosas, la primera es mucho más perversa.
A grandes rasgos la tolerancia cero consiste en determinar que una falta o una infracción por pequeña que sea es merecedora de aplicar todo el peso de la ley en la convicción de que quien comete una falta leve puede cometer una falta grave.
Así fue como Giuliani, y su brazo ejecutor William Bratton, sacaron a la calle un verdadero ejército de 37 mil hombres dispuestos a reprimir cualquier falta por mínima que sea. Cualquier persona encontrada cometiendo un "delito" era inmediatamente detenida, fichada y procesada. Aunque dicho delito consistiera en fotocopiar un libro, colarse en un subte o vender un CD trucho.
Durante su mandato, que concluyó en el 2001, luego del ataque a las Torres Gemelas, el delito en Nueva York cayó en un 65% y la tasa de asesinatos en un 70%. Estos impresionantes resultados han llevado a Willam Bratton a recorrer el mundo llevando su nuevo evangelio de "Tolerancia Cero"; lo cual le reporta pingües ganancias.
Pero, siempre hay un pero, hay algunos datos que no se anotan en la estadística aportada por nuestro héroe Rudy Giuliani.
Parece que la caída en la tasa de crímenes no está tomada sobre los años de su gestión sino tomando como punto de partida el período 89-90 donde se registró el pico más alto de criminalidad en todo EE.UU. Por otra parte los índices ya venían cayendo abruptamente desde hacía al menos cinco años gracias a las políticas de desarrollo llevadas a cabo por Bill Clinton. Prueba de esto es que las tasas de delitos cayeron de igual modo en toda la unión, particularmente en las ciudades más importantes (Nueva York, Chicago, Boston y Los Ángeles).
El otro dato que obviamente se obvia, valga la redundancia, es el aumento en las denuncias de brutalidad policial, abusos de autoridad, maltrato, discriminación, criminalización de minorías y, particularmente, el enorme aumento de ciudadanos con antecedentes policiales por infracciones menores.
Es que para la Tolerancia Cero un hecho que, en otro contexto, merecía una multa ahora amerita la detención y fichado del infractor con foto frente y perfil y chapa de número abajo. Sin embargo el logro más importante de la nueva doctrina es el cambio cultural en la ciudadanía.
En los EE.UU, según podemos ver en sus productos culturales (cine, series, etc.) que reflejan el estado de su sociedad, todos son sospechosos, todos acusan y pueden ser acusados, la delación es moneda corriente, la relación con el vecino es de desconfianza y, la sociedad toda, vive en el miedo y la paranoia permanente. Es que nadie está libre de cometer alguna infracción en algún momento de su vida y la ley es un ideal que nadie puede cumplir en su totalidad.
Para una sociedad dominada por la Tolerancia Cero, vivir al lado de quien produce ruidos molestos equivale a tener de vecino a un violador. Compartir el ascensor con quien deja un auto mal estacionado supone estar al lado de un asesino serial.
Pero, así como se supone que quien comete un delito menor es proclive a cometer uno mayor, la inversión del precepto no se lleva a cabo; y es así que se criminaliza a quien copia un disco ilegalmente pero se premia con cientos de miles de millones de dólares a quien le roba los ahorros de toda la vida a los ciudadanos.
La diferencia entre los sicofantes griegos y los nuevos es que aquellos delataban a los poderosos y estos a los desposeídos.
En nuestro amado país vemos como quienes piden leyes más duras, cárceles para niños, pena de muerte, deportación de extranjeros y alaban la Tolerancia Cero, porque ahora pueden caminar tranquilos por Nueva York o Miami, no vacilan en financiar negocios oscuros con dinero mal habido.
Tal vez sea que el exagerado precio de los higos los hace accesibles solo a aquellos que no preguntan los precios porque la plata les viene fácil.
Mural reivindicativo de la lucha de las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Salón de actos del establecimiento que en Villa Urquiza alberga al Liceo Nº 11 "Cornelio Saavedra"; y a los Colegios Nº 12 "Reconquista" y Nº 16 "Guillermo Rawson"
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