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Ignacio Di Toma Mues
Julio 2010
Año IX | Edición N° 96
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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON
Edicion Julio 2010
Por Al do Barberis Rusca
Cuando en el año 1992 Bill Clinton enfrentaba, con muy pocas probabilidades de éxito, a un George Bush padre triunfante tras el fin de la guerra fría y la primera guerra del golfo, su asesor de campaña, James Carville planteó los tres ejes en los que el candidato demócrata debería centrar su estrategia
1.- Cambio Vs. Más de lo mismo
2.- La economía, estúpido
3.- No olvidar el sistema de salud
Increíblemente el punto 2 pasó a ser una de las frases más repetidas por una comparsa de abribocas que, aún sin entenderla, sufrían orgasmos a repetición con su solo recuerdo.
Y digo sin entenderla porque su único mérito consistía en incluir la palabra “estúpido”. Posiblemente el paroxismo que durante gran parte de los 90 produjo la sentencia en ciertos economistas y comunicadores consistiera en que sentían que les hablaban personalmente a ellos.
Lo cierto es que “La Economía”, aquella diosa omnipotente que guía nuestros destinos parece tratarnos como estúpidos a todos nosotros; y si no es ella son, al menos, sus sacerdotes; los economistas.
Cerca del concepto de estúpido se encuentra el de idiota que los antiguos romanos utilizaban para definir a aquella persona que repetía una y otra vez una misma acción, errónea o con resultados inadecuados, pretendiendo obtener resultados distintos.
Parafraseando la frase de Carville tal como se popularizara, “Es la economía, estúpido”, cabría preguntarse: ¿Es la economía idiota? Es decir, ¿realiza la economía las mismas acciones, que han demostrado llevar indefectiblemente al abismo, una y otra vez pretendiendo llegar al éxito?
La respuesta es categóricamente NO
La economía, o los economistas, no son idiotas; son perversos y nosotros somos estúpidos.
Lo que se considera un fracaso económico, tomemos por ejemplo a la Argentina del 2001, no es mas que un triunfo disfrazado de fracaso.
La economía es, en realidad un conductor fraudulento, dice que nos lleva para un lado pero en realidad nos lleva a otro. Para nosotros es un fracaso, ya que no estamos donde queremos; pero ¿quién nos dice que no estamos donde nos querían llevar?.
Cuando entendemos que las crisis recurrentes tienen causas, desarrollos y desenlaces semejantes en todas partes y que quienes las provocan y los que se benefician son siempre los mismos, entendemos un poco mejor aquello de “es la economía, estúpido”. Nos hablan a nosotros.
Competencia.
Cuando el gobierno de Alfonsín iniciaba su larga agonía, luego del estrepitoso “fracaso” del Plan Austral; liberales de toda laya salieron a proclamar las ideas del Ingeniero Alsogaray a los cuatro vientos y en los cinco canales.
Mediante una estrategia de saturación nos enfermaron la cabeza con ideas tales como “achicar el estado para agrandar el país”, “el estado es ineficiente”, “hay que favorecer la libre competencia y el libre juego de la oferta-demanda” y otros cientos de slogans que envenenaron nuestro entendimiento.
Es así como el yerno de un industrial metalúrgico se la pasaba ponderando las virtudes de la “libre competencia” de la “libertad de mercado”, de la “oferta y demanda’’, de los “premios y castigos” y de los “ganadores y perdedores”.
La industria metalúrgica que a él le daba de comer era una especie de ruina sin ninguna inversión, que producía material hecho básicamente con rezago de tornerías y cuyo principal competidor era una empresa del conglomerado industrial dependiente de Fabricaciones Militares que producía material de excelente calidad a partir de materias primas vírgenes.
Estos adalides de la libertad empresaria se reunían quincenalmente con todas las industrias del mismo rubro, incluida la estatal, para asegurarse de tener todas los mismos precios, condiciones de venta y de no meterse en los clientes del otro.
Eso en todo el mundo se llama cartelización de la economía y poco tiene que ver con la libre competencia.
Obviamente los libérrimos industriales siempre tienen una excusa para poder proclamar la competencia pero no competir nunca, así como luchar a brazo partido por bajar impuestos que no pagan o por derogar leyes laborales que nunca respetan.
Oferta y demanda.
En los papeles es perfecto; si la oferta baja o la demanda sube, los precios aumentan. Por el contrario, si la oferta sube o la demanda baja, los precios caen.
Sin embargo nuestra percepción de la realidad parece indicar que algo no funciona del todo bien en la famosa ley.
El problema radica en que nos han inculcado que las “leyes del Mercado” son tan invariables, intocables e indiscutibles como las leyes de Newton.
Parecería ser que desde el mismísimo Adam Smith para acá las “leyes de Mercado” son tratadas como leyes naturales compartiendo podio con las de gravitación universal y la Ley de Ohm.
Sin embargo parecería que no es tan así. Veamos.
Resulta lógico pensar que si un señor A tiene una cantidad limitada, pongamos diez unidades, de determinado producto y existen menos de diez compradores, estos intentarán comprar al menor precio posible. Por el contrario si existieran más de diez compradores, el señor A haría valer la escasez de su producto vendiéndolo al mayor precio que pudiera obtener.
En este ejemplo resulta que el precio está fijado por el juego entre oferta y demanda. Pero ¿qué sucede cuando la demanda, por ejemplo, está fijada por el precio.
Seguramente alguien estará pensando que quien escribe ya se ha vuelto definitivamente loco. Puede ser.
Tomemos por ejemplo; el oro.
¿Quién me puede decir que el oro es esencial para la vida de alguien? Seguramente nadie que este en su sano juicio o que conozca la triste historia del Rey Midas que por convertir todo lo que tocaba en oro murió de hambre y sed.
Por lo tanto, el deseo de poseer oro en cantidades está dado, en forma casi exclusiva por su precio que es relativamente alto y que suele evolucionar hacia la alza.
El oro, de por si, es un material de un valor de uso relativamente bajo; convengamos que es mucho mas útil el hierro o el aluminio que el oro o cualquier otro metal precioso que son habitualmente demasiado blandos y pesados como para servir a algún fin.
Entonces, si el oro no tiene demasiado valor, salvo para la joyería y para cierta industria electrónica y esto en cantidades muy pequeñas, ¿qué es lo que hace que su precio suba permanentemente, que los países tengan sus reservas en ese metal y que se destruyan geografías enteras para obtener algunos kilos más?
El oro es un material relativamente escaso, y en la antigüedad era muchísimo mas escaso aún, y bastante fácil de fundir y de acuñar. Pero, sobre todo, era un material bastante inútil en tiempos donde un metal era apreciado si servía para construcciones o como armamento y el oro no servia para nada de esto.
La escasez lo hacía fácilmente controlable en su intercambio y la facilidad de acuñación lo hizo ideal para hacer monedas.
A partir de ahí el oro comenzó a tener un valor de cambio independiente de su valor de uso y a pesar de haber dejado hace mucho de ser usado para acuñación de monedas, ha dejado una impronta en nuestro espíritu imposible de borrar.
Si, hipotéticamente, un día quedara el oro de un lado y el agua del otro; para los que tuvieran el oro este pasaría a carecer por completo de valor ante la perspectiva inmediata de morir deshidratados.
Cuando los españoles llegaron a América, los naturales no entendían para qué podían querer los conquistadores algo que para ellos era simplemente ornamental o para entregárselo a sus dioses.
En nombre del oro se ha matado, se ha conquistado, se ha esclavizado, se destruye el medio ambiente y se degrada la condición humana.
Si no fuera por su precio el oro no tendría más valor que como artículo ornamental, nadie acumularía oro, nadie ahorraría en oro; seguramente la oferta excedería en mucho a la demanda.
Si la demanda de oro obedeciera a la necesidad real que se tiene de este metal, hoy no tendríamos que estar luchando contra las empresas, los empresarios y los políticos que amenazan con destruir nuestras tierras, nuestras aguas y nuestra gente
Mural reivindicativo de la lucha de las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Salón de actos del establecimiento que en Villa Urquiza alberga al Liceo Nº 11 "Cornelio Saavedra"; y a los Colegios Nº 12 "Reconquista" y Nº 16 "Guillermo Rawson"
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