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Mayo 2012

Director Propietario & Editor Responsable

Ignacio Di Toma Mues


Mayo 2010
Año IX | Edición N° 94

Estación Villa Pueyrredón

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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON

Tapa Periódico Mayo 2010

Edicion Mayo 2010


De qué hablamos cuando hablamos de…

Espacio Público

Por Aldo Barberis Rusca

Durante la última dictadura militar, el hecho de estar en un parque o plaza luego de la caída del sol era motivo suficiente para que los que se aventuraban a cometer semejante ilícito fueran detenidos, indagados y demorados en dependencia policial, si tenían la suerte que este cronista tuviera. En el peor de los casos podía pasar a engrosar la lista de desaparecidos.

Si bien el toque de queda había sido levantado pocas semanas después del 24 de marzo, el estado de sitio le daba poder y derecho a las fuerzas de seguridad y militares a detener a cualquier ciudadano que se considerara sospechoso.

Sospechoso es un término caro a los corazones de los amantes de la seguridad ya que so pretexto de sospecha se puede hacer con el otro lo que siempre quieren hacer con el otro: nada bueno.

El estado se sitio, que se prolongó en nuestro país hasta las elecciones de 1983 con plena vigencia, es un instrumento que puede aplicar el gobierno en caso de conmoción interna y que consiste básicamente en la suspensión temporal de las garantías constitucionales y le otorga a las fuerzas militares y de seguridad facultades excepcionales.

Durante el período 1976-83 se suspendieron los derechos de reunión, libre circulación; el derecho de huelga, a los actos cívicos, etc.

De hecho la autoridad militar, en virtud de la limitación del derecho de reunión, tenía la facultad de declarar que la fiesta de cumpleaños de la tía abuela Lucía, que festejaba sus guapos 90, era un mitin de subversivos y ahí mismo terminaba, como ya dijimos en el mejor de los casos todo el mundo en cana, con la vieja incluida.

La libertad de circulación era otro derecho conculcado por la autoridad y esta se arrogaba la facultad de detener en el espacio público a quien se le antojara con el pretexto de ser sospechoso.

De esta manera el régimen dictatorial cubría todos los ámbitos de la vida de las personas, el público, limitando el derecho a circular y el privado, restringiendo el de reunión.

La llegada de la democracia trajo aparejado el levantamiento del estado de sitio y la restitución plena de los derechos y garantías constitucionales.

Así fue como el Art. 19 de la constitución toma plena vigencia: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados” (aunque no de los comentarios maledicientes de las vecinas ni de los programas de chimentos).

Al mismo tiempo se experimentó una explosión en el uso de espacio público.

En el año 1982, luego de la guerra de Malvinas, Charly García edita su primer disco solista. En él se distinguen, entre otros, dos temas que reflejan el sentimiento de la época, de dónde veníamos y a dónde queríamos ir.

El primero y que da nombre al disco es “Yendo de la cama al living”, donde el clima espeso del encierro de los años de la dictadura chorrea desde la música y la letra. Pero más importante aun es “Yo no quiero volverme tan loco”, cantado con León Gieco, en el que se expresa el deseo de cortar con la locura y la paranoia (“están las puertas cerradas y las ventanas también ¿no será que nuestra gente está muerta?”) y ganar las calles. (“Yo quiero ver muchos mas delirante por ahí bailando en una calle cualquiera”)

El retoro a la democracia marcó lo que Adrián Gorelik definió como “el romance del espacio público”; un movimiento espontáneo de los ciudadanos que tuvo un correlato en las políticas culturales oficiales.

En esa época se crearon los centros culturales barriales y el programa cultural en barrios, se realizaron talleres de la memoria y de historia oral, se recuperaron los pequeños clubes barriales y se comenzaron a forjar algunas identidades que, como en el barrio de Palermo, se han consolidado y desarrollado.

La llegada de los ´90 marcó el fin de lo público en el espacio público.

Carlos Grosso, primer intendente menemista, se inscribió en la máxima “nada de lo que tenga que ser del estado quedará en manos del estado” y virtualmente privatizó el espacio público.

Es el tiempo de las empresas ocupando el lugar del estado, de la escuela Shopping, de Puerto Madero, del auge de los countries y barrios cerrados. Y también de las rejas y de las alarmas.

Si el romance duró menos de siete años, la usurpación y “despublicación” ya lleva más de veinte. Y sumando.

Pero de qué hablamos cuando hablamos de espacio público.

En el año 2001, previo al levantamiento popular del 19 y 20 de diciembre, hablábamos junto con Fernando Casasco, en una radio ya desaparecida de este barrio, de la necesidad de recuperar el espacio público como forma de dar a conocer el descontento general hacia el gobierno de Fernando de la Rua, y no hacíamos más que expresar lo que una gran parte de la población estaba maquinando.

Porque la importancia del espacio público no radica en la posibilidad de circular o de retozar en una plaza al sol del verano. El espacio público es el cimiento de un proceso que es básicamente comunicacional.

Si bien desde lo netamente legal podemos decir que el espacio público es aquel en que toda persona es libre de circular, en oposición a los espacios privados, donde la circulación puede ser restringida de acuerdo a criterios que corresponden al uso de la propiedad privada, desde lo real significa un ámbito donde los ciudadanos, además de ser libres de circular, desarrollan toda una serie de actividades (actos culturales y políticos, actividades de diversos tipos, esparcimiento, transporte, etc.) de neto corte social.

El espacio público es el soporte de un cúmulo de actividades sociales de interacción que trascienden a las necesidades de los individuos como tales, y son fundamentales para el individuo en tanto miembro de una comunidad.

Según Jürgen Habermas (1), el público, los ciudadanos, se apoderan del espacio público, administrado por el estado, y lo transforman en un espacio de crítica ejercida contra el poder del estado. Este proceso data del siglo XVII y fue como se desarrollaron los grandes debates y discusiones políticas de la época en Inglaterra, Francia e incluso en nuestro continente donde vieron nacer las ideas revolucionarias de los movimientos independentistas.

Esto nos demuestra el porqué del desprecio que el poder tiene para con el espacio público.

Durante los 90 y lo que va del siglo XXI hemos visto como el poder, no sólo el político sino el real, comenzó un proceso de enrejamiento a fin de aislar sus espacios privados de los públicos.

La fuga hacia los country y barrios privados, el encierro en enormes edificios-country (tipo Le Parc, con gimnasio, pileta de natación, espacios verdes propios, etc.) responde a la lógica de establecer espacios públicos privados o, como les gusta decir, espacios de uso común.

En ese mismo sentido aparece la criminalización del espacio público, la instalación de la idea de que las calles, plazas y parques son junglas donde los ciudadanos honestos pueden ser víctimas de los salvajes que los pueblan, a fin de que sea abandonado, sencillamente, por miedo.

Aquellos que permanecen en los espacios públicos, como en los gloriosos días del Proceso de Reorganización Nacional, son vistos como sospechosos pero, en lugar de encerrarlos en una acción que sería rápidamente repudiada y condenada por algunos sectores, se opta por poner el espacio público tras las rejas.

El mensaje es claro y el objetivo también.

El gobierno porteño teme que la ciudadanía tome el espacio público y desde allí lance su crítica al poder estatal detentado con una insuficiencia y una soberbia inusitada.

Recordemos que la patota armada con palos y amparada por el gobierno se llamó precisamente Unidad de Control del Espacio Público (UCEP) y se dedicó a “limpiar” calles y plazas de los residuos humanos que el sistema al que adhiere Macri y sus Golden Boys van dejando por ahí tirados, sin techo, sin posibilidades, sin esperanza y encima apaleados.

El cercenamiento de los espacios públicos corresponde al cercenamiento de la opinión pública, ya que uno y otra son continente y contenido respectivamente, para dejar a esta en manos de los medios de comunicación que pueden manipularla según los intereses que el poder real nunca explicita.

Hoy más que nunca se hace necesario la recuperación, no ya el uso sino la ocupación física de los espacios públicos usurpados por un estado comunal autoritario y fascista.

Las marchas en apoyo a la ley de medios son un ejemplo de lo que se debe hacer en la ciudad.

Debemos marchar y ocupar los espacios que como ciudadanos nos pertenecen, impedir el enrejamiento de los espacios, vencer el temor a la inseguridad que no es tanta como se nos quiere hacer creer, imaginar formas novedosas de intervenir en el espacio público ya que, como decía Nicolás Casullo, toda intervención en un espacio público es un hecho político. Y debemos dejar de considerar lo político como sinónimo de corrupto y aceptar que como seres sociales somos seres políticos.

Si no es aquí; ¿dónde? Si no es ahora; ¿cuándo? Si no es por nosotros; ¿por quién?

1. Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública.



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