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Mayo 2012

Director Propietario & Editor Responsable

Ignacio Di Toma Mues


Noviembre 2010
Año IX | Edición N° 100

Estación Villa Pueyrredón

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Periodico
EL BARRIO VILLA PUEYRREDON

Tapa Periódico Noviembre 2010

Edicion Noviembre 2010


De que hablamos cuando hablamos de…

Setentista

Piramide Egipcia Escrita encima Peron Vuelve

Por Aldo Barberis Rusca

Después de cuatrocientos treinta años de permanecer en Egipto la situación ya se había convertido en bastante más que insoportable.

No era tanto la opresión y la esclavitud a la que, de última, uno se va acostumbrando y, visto con buenos ojos, no era una situación tan extrema. Después de todo por debajo del faraón todos son más o menos lo mismo.

No era tanto el desierto, que en oriente aquello que no es desierto es porque no es oriente o es un espejismo. Y también a eso uno se adapta, y mucho más después de vivir durante miles de años en ese clima seco que en última instancia es bueno para los pulmones.

No eran definitivamente los camellos, ni las palmeras, ni el Nilo y sus putas crecientes, ni los piojos omnipresentes. No, no era nada de eso.

Definitivamente lo que hacía de Egipto un lugar excelente para irse y no volver a pisar nunca más eran las pirámides.

¿Qué demonios podían significar esas enormes montañas de piedras y, más aun, por qué causa los egipcios estaban tan orgullosos de ellas?

Estamos de acuerdo en que es admirable el esfuerzo enorme de traer tanta y tanta piedra desde vaya uno a saber donde; sin dudas es una hazaña. Pero una hazaña inútil, como tratar de volver a embocar un dátil en su cabito desde debajo de una palmera de diez metros. Encomiable, pero al pedo.

Y después de una vida de ver las pirámides y de escuchar a los egipcios, egipcios que ni siquiera tenían el mérito de haberlas construido, vanagloriarse de los montones de piedra, uno se llenaba las bolas y prefería la miseria en cualquier otra parte del mundo a una vida de gloria en Egipto.

Y fue así como el pueblo de Israel, los descendientes de Abraham, de Isaac, de Jacob, los herederos de las doce tribus levantaron sus petates y, siguiendo a Moisés, salieron de Egipto dejando detrás para siempre las pirámides, a merced de los japoneses y sus cámaras fotográficas.

Se iban en busca de la tierra que su Dios les prometiera, no sabían donde, pero estaban seguros de que en algún lado estaba y hacia allí se dirigían.

Ellos tenían a su Dios, un Dios perfecto para un pueblo viajero, ideal para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama. Se lo podía llevar a cualquier lado, adorar en cualquier lado pero, por sobre todas las cosas, era uno solo y no tenía una forma conocida; lo cual comparado con las incómodas representaciones egipcias era un gran avance.

Sin embargo no todo fueron mieles en el camino a la tierra prometida y, cuando a Moisés se le dio por hacer montañismo en medio del desierto del Sinaí las cosas comenzaron a ponerse feas.

Después de todo el hombre dijo voy a hablar con Dios y vuelvo; y a los cuarenta días no había más noticias que los esporádicos rayos y centellas que surgían de la cima de la montaña.

El problema con un Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente es que cuando las cosas se ponen feas no hay a quien ir a reclamarle y la tentación de hacer alguna imagen para cargarle con las puteadas es fuerte.

Y ahí estaba el pobre pueblo de Israel, hambriento, abandonado por su líder, perseguido por los egipcios, en medio de la nada y sin una miserable estatua a la que insultar por el destino miserable al que habían arribado.

Parece que cuando Moisés bajó de la montaña y encontró a Edward G. Robinson vestido de egipcio y a todo el pueblo adorando un becerro de oro tuvo una serie de reacciones desafortunadas: dejó caer las tablas de la ley, tuvo un violento ataque de acidez y se hizo socio del Club del Rifle. (Si todo esto no les causa gracia remítanse a un amigo cinéfilo, posiblemente siga sin causarles gracia pero al menos tendrán idea de qué estamos hablando).

Lo cierto es que el pobre Moisés tuvo que volver a subir al monte Sinaí a buscar nuevamente los diez mandamientos (a veces se me ocurre pensar en la cara del pobre hombre pidiéndole a Dios una copia) y volvió con la noticia de que la tierra prometida estaba cerrada a cualquiera que hubiera nacido en Egipto, que solamente entrarían aquellos que hubieran nacido luego del éxodo.

Sin antibióticos, transplantes ni terapias intensivas la renovación tardó apenas cuarenta años, cuarenta años en los que una nueva generación de israelitas nació, creció y se hizo digna de recibir el regalo de Dios.

Los otros, los que no entraron, habían nacido y crecido en el cautiverio egipcio, habían aprendido sus costumbres, conocido a sus dioses y habían dudado de su propio Dios.

Pero, sobre todo, habían dudado de ellos mismos. Y un pueblo que duda de sí mismo, que en tiempos de zozobra y confusión en lugar de afirmarse en su identidad se amarra al primer salvavidas que encuentra, aunque ese salvavidas sea el de la esclavitud, no merece el futuro.

El pueblo de Israel debió dejar atrás el pasado para ganar el futuro. El verdadero éxodo comenzó cuando llegaron, luego de un año de vagar por el desierto, al manantial de Cadés-Barne para abandonar lentamente, penosamente durante unos interminables treinta y ocho años, el Egipto interno, el que no habían dejado atrás en la huida a través del Mar Rojo.

El proceso ha de haber sido extremadamente complejo ya que se debía abandonar sin olvidar. Y en eso el pueblo de Israel, los judíos de hoy, se han hecho a los golpes verdaderos expertos.

Año tras año, en el seder de Pésaj, la cena ritual de la Pascua judía, se rememora la huída de Egipto. Se recuerda para no olvidar, para educar a los más pequeños, para no repetir la historia y para seguir siendo merecedores del futuro.

No imagino de ninguna manera a ningún judío, sea o no religioso practicante, diciendo públicamente en un medio de comunicación: “¿Saben qué? Me tienen harto con el éxodo. Me tienen harto con la esclavitud y con los egipcios. ¿Hasta cuándo vamos a seguir jodiendo con el éxodo, el matze, el huevo marrón y las hierbas amargas?”

Y sin embargo hay quienes pretenden terminar con nuestro propio y nacional éxodo, el que nos llevó de décadas de dictaduras alternativas a los primeros 27 años de democracia seguidos en toda nuestra historia. De democracia verdadera, sin fraudes ni proscripciones de ningún tipo.

El final del período nefasto iniciado en 1930 fue la apoteosis sanguinaria de la dictadura del “proceso”. Proceso que nos dejó treinta mil desaparecidos, centenares de muertos, más de cuatrocientos niños buscados de los cuales solamente se han recuperado 102 y, sobre todo, millones de hombres y mujeres indignos de entrar en la Argentina prometida.

Los dichos de Lanata en relación a “los setenta” nos recuerdan a los israelitas adorando el becerro de oro, queriendo olvidar el horror. Porque es preferible el horror conocido a la tierra prometida por conocer.

Y lo peor es que no es el único, todos nosotros, los que nacimos en la esclavitud terminada en 1983, aún no podemos quitarnos la dictadura interna. Y tal vez no lo logremos nunca.

La dictadura se ve en la política, en los medios de comunicación, en los programas de televisión. En todas partes día tras día supura el pus infecto del pensamiento autoritario inculcado pacientemente durante años en nuestras mentes.

Si existe una Argentina prometida, si hay un destino feliz para nuestro país; tal vez no seamos nosotros los que lo merezcamos sino nuestros hijos; chicos y chicas de almas puras y dignas de tener un futuro.

Nosotros, los que ya no tenemos salvación, los que no entraremos en la Argentina de la leche y la miel, debemos allanarles el camino, hacer el trabajo difícil, terminar con los criminales, hacer justicia y no permitir que se olvide nunca que la esclavitud está a la vuelta de la esquina.



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